Elvira y el exprimidor

No sé cómo escribir esta entrada. Si empiezas por el final quizá se entienda mal, no se entienda como yo quisiera expresarlo.

Está claro que esto de escribir no es como contar una película, pero sí que es cierto que a veces, se puede explicar algo que ha pasado a mitad de una película, antes que todo lo demás. Porque ayuda a entender antes de qué va la cosa. Está claro que una película, igual que una novela u otra historia que se pueda contar, puede reservar el misterio para el final, con lo cual se va ganando interés en el lector.

Yo no domino todas esas técnicas, y más bien, tengo un interés (no sé si llamarlo grande, excesivo, extremado…) en explicar las cosas como las vivo, secuencialmente. Pero esto es solo una parte de lo que quería decir.

Quería empezar diciendo que he leído mucho (más que muchos que conozco) y que supongo que me seguirá gustando siempre. Y decir, a continuación, que no sé de qué modo se ha ido integrando todo eso que he leído en mi cerebro (otro de los temas que me gusta).

Así pues cuando me he encontrado leyendo un artículo de Elvira Lindo, tras una de esas lecturas de hiperenlace, en que empiezas dando clic a algo y después de unos cuantos clics, ya no recuerdas cual fue el primero, me he descubierto haciendo una interpretación de las palabras de la autora, que me ha sorprendido.

A veces me pasa con la TV. Supongo que para la mayoría de la gente que puede leer esto, la TV les ha acompañado toda la vida. Pero si uno intenta hacer un esfuerzo por recordar el modo en que veía la Tv cuando era pequeño, quizás sospeche que no ocurre lo mismo ahora que entonces. Me refiero a que la mente no tiene la misma actividad, no interpreta lo que ve del mismo modo en que lo haría entonces. Es un ejercicio de autoanalisis difícil porque tienes que pararte a pensar por qué al ver una película de superhéroes, uno puede estar pensando en que a veces al comprar en el supermercado no saluda al entrar y sin embargo otros sí lo hacen.

Bueno, no pretendía divagar, pero este artículo de Elvira Lindo me ha producido una sensación parecida. Porque a la vez que intentaba decidir qué parte de razón tenía en lo que estaba diciendo, literalmente, me estaba imaginando situaciones totalmente distintas, lugares y personas que nada tenían que ver con lo que la autora decía.

Aquí es donde he encontrado el motivo para escribir esto. Me pregunto si a determinada edad, uno ya no escucha lo que le dicen, ya no ve lo que está delante, ya no dice lo que piensa. Nunca, quiero decir. Por supuesto esto no pasa siempre, pero me preocupa saber cuantas veces pasa y qué control tiene uno sobre las palabras y los mensajes que nos están enviando continuamente. Me refiero al control real. Hasta qué punto, cuando alguien me dice algo que parece verdad, soy capaz de pararme a pensar, para descubrir, tras unos pocos segundos dedicado a hacerlo, que no es verdad, que es una mentira, o una media verdad interesada.

Lo hacemos muchas veces, pero cuantas veces esos mensajes, esas ideas, traspasan directamente la conciencia, y se instalan en nuestro cerebro, en nuestro circuito mental, en nuestras creencias, y de pronto nos vemos pensando o diciendo cosas que no sabíamos que pensábamos o eran creencias propias, ideas que nos pertenecían.

Evidentemente me estoy acercando peligrosamente a algo que me suena. Me refiero a algo que puede sonarle mucho a un profesional de la comunicación y que yo solo intuyo. Eso creo. Conceptos como opinión pública y estado de opinión sobre determinado tema o cuestión, están en el fondo de todo esto.

Por eso me preguntaba, hasta qué punto soy un novato en esto de la lectura y escritura, a pesar de los años que le he dedicado, si no he aprendido a utilizar esa herramienta, esa utilidad del cerebro, que transforma todo lo que le llega en otra cosa, que le facilite digerir mejor.

He leído, otra vez, el párrafo anterior y de pronto me ha parecido que pudiera estar sugiriendo que tenemos un pequeño electrodoméstico en el cerebro, tipo batidora o robot de cocina, que transforma unas patatas en un puré. Mejor dicho, que unos tienen la batidora y otros no. O que unos tienen un exprimidor para las naranjas, a mano, y otros tienen un licuador que hace unos zumos de frutas, de caerse de espaldas.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s